El perfecto idiota paraguayo

Si no fuese tan molestoso, serí­a insignificante. Brilla más por su necedad que por su malicia. Y es poco peligroso hasta que te das cuenta de que el botón de la catástrofe está a un milí­metro de su dedo macilento. Es el prototipo del perfecto idiota paraguayo. Es Carlos Portillo. El diputado que es más comíºn de lo que la gente comíºn cree. Y él mismo, por cierto.

Sería sencillo endilgarle los peores epítetos. Repudiarlo, señalarlo como el ejemplo de la mediocridad institucionalizada. Pero él es un síntoma de una enfermedad más grave: el fracaso de los partidos para encontrar y ofrecer a los mejores representantes de las fuerzas vivas nacionales y la facilidad con que un individuo sin mayores luces o carisma puede acceder al poder público y, para colmo, conservarlo.

La última intervención suya de que los diputados no son como la gente común por eso deben tener una jubilación de privilegio, entra en el triste anecdotario del ridículo político paraguayo. Junto con otras perlas suyas, como manejar apenas el castellano, tener un raciocinio elemental y autorregalarse títulos universitarios, de la misma forma en que la mona se llena de seda.

Portillo logró acceder a la Cámara de Diputados por la lista del PLRA de Alto Paraná, un distrito mayoritariamente colorado. Para el actual periodo legislativo se presentó por el efrainismo y para el próximo formó parte de la alianza opositora Ganar.

Es miembro de una numerosa familia de raíces humildes que progresó bajo la sombra de la política. Su hermana fue candidata a gobernadora paranaense y quedó segunda detrás del postulante colorado. Y sus hermanos se beneficiaron con cargos públicos.

Se hizo conocido posando en las redes sociales como un divo y presentando proyectos parlamentarios descabellados y redactados en algo parecido al castellano. Coqueteó con la farándula que comió de su sandez. Fue forzado por sus pares a bajar los decibeles del ridículo. Luego se tornó ambicioso y comenzó a manejar los hilos del Poder Judicial en su departamento.

Entonces, ¿quién es más idiota? ¿El que ejerce su idiotez o los que le entregaron un cargo público con sueldo millonario y otras prerrogativas?

Portillo es un reflejo de la estulticia que se ceba de nuestra democracia y que la torna en un instrumento vacío, en un remedo, en una cáscara.

Tampoco podemos decir que es mejor un idiota antes que un ladrón. Lo uno no quita lo otro. Además, si no podemos combatir ni a los idiotas, ¿cómo combatiremos a los ladrones?

 

Articulos Relacionados

Comentarios