Hospital de Argentina salvó la vida de mi hermano (Part. 2)

En el hospital San Martí­n fue atendido y rápidamente hospitalizado. Se internó en tres ocasiones, la primera estuvo 17 dí­as, la segunda dos semanas y la íºltima, más de un mes. De 90 kilos llegó a pesar solo 50 kilos. En la tercera internación le aplicaron el fármaco biológico lo que le salvó la vida.

Por: Juan Carlos Morais

Ese miércoles 25 de enero del 2017 llegamos al hospital antes de amanecer. Ya había una larga fila a eso de las 05:00 horas, hasta que conseguimos el turno y por suerte mi hermano fue el primer paciente en consultar. Una doctora le atendió por casi una hora. Luego ordenó que se internara y que se haga varios estudios. Además nos aclaró bien que el tratamiento llevaría tiempo.

Eran cerca de las 9 de la mañana cuando fue ingresado en la sala de internación del Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA) General San Martín, área del Pabellón Rossi. Cinco minutos después de acostarse en la cama llegó un gran equipo de profesionales desde un clínico hasta un psicólogo. Cada uno comenzaron con sus respectivas preguntas, aunque la mayoría yo tuve que responder ya que él estaba muy adolorido y casi sin fuerzas para hablar.

Tras la evaluación parcial, el Dr. Gustavo Correa especialista en gastroenterología nos explicó el proceso de tratamiento-que de hecho fue lo mismo que nos dijeron en la Clínica San Gregorio de Obligado, Itapúa. Asimismo, nos avisó que el siguiente día le realizarían una colonoscopía para dar un diagnóstico exacto y poder tratarlo.

Una vez que se retiraron la mayoría de los médicos, una enfermera acompañado por un médico clínico procedieron a medicarle vía intravenosa, además de suministrarle comprimidos para calmarle el intenso dolor. Luego una nutricionista ordenó que sea alimentado por sonda gástrica debido a que ya no podía comer casi nada.

Ya solos en la sala, le vi más animado. Entonces le pregunté cómo se sentía. Me respondió en guaraní: ko´ape che akuerata. Mba´eguipiko ndakueramo´ai, si entre 8 ou oñatende cherehe (Aquí me curaré. ¡Por qué no?, si al menos ocho médicos me atendieron de entrada), luego me miró con una sonrisa sincera y esperanzadora.

Los calmantes rápidamente hicieron efecto y mi hermano se durmió. A eso de las 11:30 horas se despertó y posteriormente probó la comida que le trajeron. Muy entusiasmado estaba por su recuperación, aunque seguía muy débil. Las decenas de veces que se iba al baño le tuve que llevar en mi hombro. Ese joven tan fuerte y trabajador se había quedado cuero y hueso.

Mientras dormía, le miraba y lloraba. Su cuadro era muy grave, aunque tenía mucha esperanza porque el hospital le abrió las puertas y los médicos le estaban tratando de la mejor manera. Triste también porque mis padres y la mayoría de mis hermanos no podían estar juntos.

Entre la tristeza y la rabia, comencé a cuestionar la falta de voluntad del actual Presidente Horacio Cartes y no pude comprender cómo es que en la era del Fernando Lugo se había duplicado el presupuesto y también se había declarado gratuidad a la salud pública. Sin dudas habíamos retrocedido en vez de fortalecer los servicios.

En la sala seguía todo normal. Cada tanto venía los médicos de guardia a verlo. A eso de las 15:00 horas había terminado el pañal que llevamos de Paraguay, entonces fui a la enfermería para avisar que saldría afuera a comprar los pañales. Me preguntaron si para quién era. Respondí que era para mi hermano, pero me dijeron que no había necesidad que solo era cuestión de pedírselo y que al rato me llevarían.

Francamente me quedé sorprendido porque en los hospitales públicos de Paraguay te mandan comprar hasta jeringas y obviamente para mí era normal salir afuera y comprar lo que necesitaba mi paciente. Además, las veces que venían los médicos a hablar conmigo, le imploraba que me den la orden en caso de no contar con algún medicamento para comprar de afuera. Esto nunca sucedió.

El otro día le hicieron la colonoscopía y le diagnosticaron la enfermedad de Crohn que al igual que la colitis ulcerosa son parte del espectro de enfermedades clasificadas bajo el síndrome del intestino irritable o inflamado (EII). El estudio no concluyó ya que la inflamación estaba en su peor etapa.

Tras el diagnostico, los primeros tratamientos consistieron en suministrarle muchos corticoides y antibióticos, además de una alimentación por sonda gástrica. La primera semana fue muy dura porque los intensos dolores se repetían y se podían controlar solamente con calmantes fuertes. Después de esos días tuvo una leve mejoría. Pudo comer un poco más y se iba menos al baño.

Durante esos días nunca pasamos solos. Muchos parientes, amigos y ex vecinos nos visitaban. Todos nos traían su apoyo de una u otra forma. Al cabo de más de dos semanas le dieron el alta, pero nos alertaron que podría recaer. Su médico de cabecera incluso nos dio su número de celular y se puso a disposición sin importar el horario. Cada vez me sorprendían más. Lo único que le podía decir es “gracias doctor”.

Esos días llegaron una hermana de España y un hermano de Paraguay para turnarnos, pero felizmente le dieron el alta, aunque debía frecuentar para realizar consultas y estudios complejos. Regresamos a Berazategui, él se quedó en casa de mi hermana y los demás retornamos a Paraguay.

Solo una semana después fue reingresado nuevamente y en esa ocasión viajó mi mamá y mi hermano para estar juntos. Yo no podía por mi trabajo. Estuvo casi dos semanas recibiendo los mismos medicamentos hasta que le dieron el alta. Nuevamente retornó a casa de mi hermana, mientras que mamá y mi otro hermano regresaron a Paraguay.

Pasó poco más de una semana y su cuadro se tornó aún más crítico. Mi hermana desesperada nos avisa en una noche que fue ingresado de vuelta, pero ya en terapia intermedia. Esta vez los médicos explicaron que le sería suministrado el costoso fármaco biológico y si no resultaba, debía ser operado. Aunque primero tenía que recuperar unos kilos.

Eran mediados de marzo del 2017. No había de otro más que retornar a la Argentina. En ese momento decidí cerrar mi diario digital La Información del Sur, abandonar mi puesto de editor de Paraguay En Noticias e ir a velar por la salud de mi hermano. Primero se fue mi hermano mayor y detrás yo.

Al llegar allá alquilamos un cuarto cerca del hospital para turnarnos al cuidado de Saturnino. Parientes y amigos nos ayudaron para instalarnos. En solo días ya teníamos todas las comodidades en el pequeño espacio, mientras que a mi hermano comenzaron a suministrarle el costoso medicamento llamado infliximab (Liof. 100mg F.Amp. x 1), que en la Argentina tiene un costo de casi 36 mil pesos cada uno. A él le suministraron al menos 8 ampollas de 100 mg.

Felizmente con este tratamiento se pudo recuperar bien. A más de un año, sigue su tratamiento, además aún se le suministra semestralmente este medicamento, pero en menor cantidad. Hoy está fuerte, pesa unos 75 kilos, ya no tiene dolor, puede comer bien e incluso hacer trabajos leves.

En la actualidad él vive en casa de mi hermana en Berazategui, mi otro hermano vive en La Plata trabajando para ayudarle. Él también ya está viviendo legalmente. Y ahora  estamos planeando pagar una Obra Social para Saturnino porque su tratamiento será de por vida.

 

AGRADECIMIENTO ESPECIAL A LA ARGENTINA

Si la Argentina no hubiera existido, hoy tristemente estaríamos hablando de un Saturnino que falleció por la carencia de la Salud Pública en Paraguay. Pero gracias a Dios y al generoso pueblo argentino, mi hermano hoy está vivo.

Infinitas gracias Argentina, a los médicos, enfermeros y a todo el plantel del Hospital Interzonal General de Agudos (HIGA), General San Martín de la ciudad de La Plata. Gracias especiales al doctor Correa, al equipo de gastroenterólogos, enfermeras y enfermeros que le atendieron.

Leé también: Hospital de Argentina salvó la vida de mi hermano (Part. 1)

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